Si leés las descripciones de los libros que escribo es evidente que no sigo un único género. Escribo de tantos temas como me gusta leer, y eso a veces me lleva a escribir sobre adolescentes, otras veces sobre adultos, a pensar en historias con toques sobrenaturales y en otras más realistas. Y aunque sea la escritora de las historias, no suelo tomar decisiones sobre cómo se desarrollan. Los personajes, fantasía como son, hablan, incluso cuando no están escritos todavía.
Si tengo que pensar en los momentos concretos en los que se me ocurrieron las ideas, no me acuerdo (tengo pésima memoria, tengo que anotar todo). Pero en general, lo que sí sé de mi proceso, es que mientras estoy haciendo algo (bici en el gimnasio, mirando televisión, escuchando música, paseando con mi perra Simona) me aparece una idea, como si fuese un gif, de un personaje haciendo algo. Y lo ignoro.
Pasa un poco de tiempo, a veces días, otras veces semanas, y pasa una de dos cosas: el gif desaparece para nunca más volver, o vuelve con más fuerza y presencia que antes. Y ahí veo al personaje más claro, más específico, más delineado. Físicamente ya tengo una idea clara de cómo es, quizás incluso sé cómo se llama. Miro a su alrededor y reconozco que está en una escena. También sé algo de su pasado, e incluso algo de la historia que me quiere contar.
Ahí empieza el mapeo. Primero tengo el nombre del personaje, escribo una descripción física y después las características de su personalidad (edad, dónde nació, qué le gusta hacer, qué no le gusta hacer, su música favorita, su película o serie favorita, cómo le gusta vestirse, etc.). Escribo los nombres de los personajes que acompañaban en el gif si los hubiera y hago descripciones similares. Además anoto nombres de lugares si hay instituciones (como Woodbridge o Pembridge), o las ciudades si ya sé dónde se desarrolla la historia.
Después empiezo con un esbozo de la historia, que no es más que un párrafo o dos. Una vez que más o menos siento que la idea de la historia está completa, escribo una guía para cada uno de los capítulos: empezando desde el prólogo, voy uno a uno resumiendo en dos o tres oraciones qué sucede en cada capítulo hasta llegar al final. Los resúmenes están en tarjetas que engancho al cuaderno en el que escribo (no puedo arrancar de cero en una compu, necesito escribir a mano primero), y escribo linealmente.
Mi TOC de escritora es no poder saltearme ningún capítulo: si termino el 2 y no sé bien cómo empezar el 3, pruebo distintos caminos, pero de ninguna manera paso al 4 porque sé que el 3 va a quedar perdido en el abismo. Me obligo a escribirlo, aunque salga un poco flojo, pero porque sé que después lo voy a revisar y editar y en todo caso volver a escribir si es necesario. Pero aunque a veces tenga ganas de empezar por el capítulo 5 porque tengo una idea súper clara de lo que quiero que pase, lo visualizo, me genera ansiedad escribirlo, me obligo a esperar. Sino sé que me desorganizo y así no sirvo. Y, cuando eventualmente llego al punto que tantas ganas tenía de escribir, tengo la idea tan concreta y formada en mi mente que fluye sin obstáculos.
Escribo a mano y después paso a la computadora lo que escribo, por lo que tardo un poco en el proceso (después imprimo una versión, dejo que pase un tiempo mientras escribo otra cosa así se me va del centro de la mente lo que escribí y, una vez que me olvidé de algunas cosas, lo releo buscando errores, inconsistencias, corrigiendo cuestiones de continuidad y fechas). Otro TOC es tener que usar la birome hasta que esté vacía. Tengo por lo menos 5 en mi cartera en todo momento, de distintos colores, pero hasta que no termine de usar con la que empecé la escritura, no la cambio. Una única vez tuve que cambiar de birome y de color (¡!), y aunque no quedé impactada emocionalmente, es algo que prefiero evitar.
Tengo muchos cuadernos, todos de tamaño práctico para llevar en cartera/mochila, la mayoría de tapa dura y todos de distinto diseño. Me encantan. Son mi obsesión y siempre que paso por una librería entro a ver si hay alguno que me llame la atención para comprar. De más está decir que por ahora no necesito, tengo por lo menos 10 sin usar, pero son mi punto débil. Y tienen que ser rayados. Usé lisos en dos ocasiones y debo admitir que soy demasiado desprolija; ninguna página tuvo la misma cantidad de renglones.
Me encanta escribir y, aunque sé que cada escritor tiene distintas maneras de acercarse a su historia, esta es la mía.

